POR FIN LA GESTION DE RIESGOS ES UNA INVERSION Y NO UN GASTO…

Durante los últimos quince años los esfuerzos para implementar una debida gestión de riesgos en la banca fue percibida como un gasto por los responsables de su presupuestación. Si bien las filosofías de Basilea han insistido en recordar constantemente los supuestos beneficios para los mercados, las instituciones y los depositantes de ejecutar una adecuada administración integral de riesgos, habrá que admitir que la mayoría de las Juntas Directivas bancarias no le “encontraban el negocio”. Pero ahora la cosa ha cambiado.

Sucede que las normas NIIF 9 (herederas de las NIC 39), bajo cuyos criterios se deberán constituir reservas para dar cobertura al deterioro del riesgo crediticio de instrumentos financieros, requieren de un significativo auxilio del herramental de que deben disponer las unidades de riesgo de los bancos para colaborar a que el monto de dichas reservas mostrase un cálculo correcto. De allí que muy recientemente se ha comprendido que todo desajuste o falta de profundización en los esquemas de calificación de riesgos de deudores podría originar estimaciones inexactas de perdidas esperadas que probablemente serian objetadas por auditores externos y controladores, los que basándose en las exigencias de las NIIF exigirían la constitución de mayores reservas y consecuentemente menores utilidades para los accionistas.

Varios aspectos deben ser considerados para evitar la caída de utilidades generadas por requerimientos de constitución de mayores reservas y derivadas de desajustes de valoración. Uno de los más importantes factores del que se debería partir para ajustar la valoración de las pérdidas esperadas es el del mejoramiento de la calificación interna de riesgo de deudores, asegurando que en su algoritmo de cálculo se encuentren incorporados –y se tenga evidencia de ello- elementos que permitan dar un contexto externo a la medición de las probabilidades de incumplimiento de deudores, considerando el impacto de variaciones en las condiciones de mercado, incluso futuras. Y esto no es demasiado sencillo. Se prevé que los cambios adversos existentes o previstos en el negocio, condiciones económicas o financieras que se espera en el futuro y que causasen variaciones significativas en la capacidad del prestatario para cumplir sus obligaciones de deuda, tal como un incremento real o esperado en las tasas de mercado o un incremento significativo real, o esperado, en tasas de desempleo, sean capturables en el proceso de calificación de riesgo.

La NIIF 9 requiere que una institución, para determinar incrementos significativos en el riesgo de crédito, a los efectos de formar reservas, entre otros aspectos tenga en cuenta estimaciones hacia el futuro de las condiciones económicas. Más aun, todo pronóstico de condiciones económicas que se volviese disponible antes del final del período de presentación (digamos unos treinta días antes), requeriría que fuera reflejado en la valoración. Expresamente la norma establece al menos veinte elementos objetivos a considerarse para definir lo que representaría un incremento significativo en el riesgo de crédito, y que naturalmente proponen el esfuerzo de disponer de un adecuado proceso de calificación interna de deudor administrado por la unidad de riesgos.

En suma, vale la pena recordar que las NIIF 9 exigen la medición de pérdidas esperadas a “lifetime” (en lugar de 12 meses) para aquellos instrumentos que presentasen incrementos significativos en riesgo de crédito, o que –y esto es lo importante- presumiblemente lo hicieran. El garantizar una adecuada valoración evitaría reclasificaciones, y sus costos, por falta de información o de la metodología correcta.